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viernes, 16 de octubre de 2009

Nuria Azancot entrevista a Mendoza en El Cultural

Quienes dicen que Mendoza es enfermizamente tímido y parco en palabras, casi telegráfico,no han tenido la suerte de conversar con él en su salón: entonces se desborda, lenguaraz y divertido, se pierde en mil anécdotas y gesticula, sonriente.
Para empezar, descubre que los tres relatos que componen el libro (Tres vidas de santos) fueron escritos en momentos muy distintos, pero que se resistía a publicar, sobre todo el tercero, porque “tiene todo lo que he reprobado siempre en literatura, es decir, es teoría y es discursivo”. Pero no ha podido evitarlo: “verá, es que llevo mucho tiempo reflexionando sobre la ansiedad que parece dominar estos tiempos inciertos para la literatura. Porque todos los años me preguntan qué hay que leer en verano, por ejemplo, o cómo seleccionar entre 70.000 novedades... Y hay que romper ese discurso”.

-¿Así que comparte las opiniones del protagonista, que considera Rayuela, de Cortázar, una “fantasmada”?
-Bueno, si las opiniones las diera yo las matizaría, pero me gusta mucho ponerlas en boca de alguien que es contundente: lo que dice de Henry James, de Proust, de Cortázar... Soy tan estúpido que se me ocurrió decir en Buenos Aires, hace unos veinticinco años, que se estaban equivocando porque despreciaban a Borges por razones políticas, reales o atribuidas, y en cambio estaban poniendo por las nubes a Cortázar. Les dije: Cortázar pinchará, y Borges cada día escribirá mejor. Y el tiempo me ha dado la razón: Borges, que es un disparate, nos ha dado todas las metáforas que estamos utilizando en este milenio, y de Cortázar no queda nada, un París polvoriento y bohemio, su intelectualismo. Es un buen escritor, claro, pero es que yo sólo me peleo con los talentos, no pego a los niños.

Confiesa Mendoza que las vidas de los santos le fascinan desde niño, “porque son destinos insólitos pero posibles, que no requieren un talento singular”. Por eso no le sorprende que Ernesto Caballero, por ejemplo, esté preparando con García May e Ignacio del Moral una función sobre ellos. “Claro, es que no son dioses ni semidioses, sino pobres desgraciados a los que les toca dar testimonio de algo que no saben lo que es y que no siempre entienden. Me gustaría hacer un día una antología de santos curiosos”.
-¿Por qué ha reunido tres relatos escritos en momentos tan distintos de su vida?
-No sé, como le decía antes cuando acabé el tercero no quería publicarlo, pero tampoco entendía por qué lo había escrito... luego encontré el de enmedio, y pensé lo mismo, así que rehice el primero, el más antiguo, y los pasé a mis asesores de imagen, que son Pere Gimferrer, y todos los demás, Balcells, Elena Ramírez. Quise publicarlos porque hasta que no están impresos no los has terminado, y a mí me gusta hacer lo que no se espera de mí.

-¿Por eso no ha vuelto a escribir novelas como El laberinto de las aceitunas o La verdad sobre el caso Savolta?
-Desde luego. Hace poco estuve en Polonia, donde soy un best seller pero sólo por mis novelas de risa, y entonces me preguntaban sin cesar por qué decidía, de vez en cuando, escribir cosas larguísimas, pesadísimas, que no tienen ningún interés, y pensé, claro, tienen razón, que si sacase cada año una de risa me forraría, y mis editores y los lectores y mi agente estarían contentísimos. Y no lo voy a hacer porque no me da la gana, porque quiero hacer lo que no he hecho. Ahora no sé lo qué va a pasar, no sé si me van a decir muy bien o muy mal, pero hay que estar siempre apostando por algo nuevo.

martes, 10 de febrero de 2009

La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza

Nuestro primer "mamotreto" será La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza; no hemos leído hasta ahora ningún libro tan extenso. Pero con cerca de veinte libros leídos y una asistencia consolidada, nos vemos con ánimo de más. No haremos sesión intermedia; tenemos cerca de un mes para sus cerca de 500 páginas de letra muy condensada.

Es uno de los libros principales de Mendoza, y ha dejado huella clara, por ejemplo, en el superventas La sombra del viento. Esta es la sinopsis de la página del autor:

En 1887, Onofre Bouvila, un joven campesino arruinado, llega a la gran ciudad que todavía no lo es, Barcelona, y encuentra su primer trabajo como repartidor de panfletos anarquistas entre los obreros que trabajan en la Exposición Universal del año siguiente. El lector deberá seguir la espectacular historia del ascenso de Bouvila, que lo llevará a convertirse en uno de los hombres más ricos e influyentes del país con métodos no del todo ortodoxos.

Pero es de esos libros donde el resumen importa poco, pues la gracia está mucho más en el cómo se cuenta que en el qué se nos cuenta. Margarita Garbisu ha estudiado uno de los aspectos de su construcción: el juego de realidad y ficción. Por su parte, Eduardo Ruiz Tosaus ha estudiado la manipulación histórica en esta novela que cubre de ironía muchos pasajes y juega a no dejar claros los límites de su veracidad.

sábado, 19 de abril de 2008

Éxito y calidad: una lectura maliciosa de Arcadi Espada

El periodista Arcadi Espada se ha ensañado a gusto con la segunda parte de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. Más allá de la típica pose del intelectual sobrado que desprecia la cultura de masas, interesa leer su nota porque cita ejemplos concretos y los comenta (algo que es menos frecuente: por lo general, el desprecio no se razona ni ejemplifica con detalle). Eso nos lleva a preguntas curiosas: ¿Puede ser bueno un libro mal escrito, como mínimo, en determinados pasajes? Porque La sombra del viento ha funcionado muy bien con muchos lectores. ¿Un libro que gusta tanto, puede de verdad ser malo? Dejo las preguntas abiertas, ya hablaremos de ellas.

Solo añado mi recomendación personal: muchos de los elementos de La sombra... vienen de La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, libro que, a poder ser, leeremos más adelante.

La nota de Espada:

El Magazine del periódico publica un adelanto de la nueva novela de Ruiz Zafón. Este escritor es un caso serio: al parecer vendió diez millones de ejemplares de su anterior obra, La sombra del viento. Diez millones por 14,5 euros son 145 millones de euros. Es mucho movimiento.
Desconozco las razones del éxito de Ruiz Zafón. Supongo que tendrán que ver con la escritura, aunque no sé bien en qué sentido. He leído la presentación que hace en el periódico de su próxima novela y su prosa es muy escolar, aunque vete a saber tú cómo está ahora la escuela. Respecto a la escritura, sin embargo, mucho más interesante y significativo es el fragmento de la nueva novela que publica el Magazine:

"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable.
--Está caliente.
Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."
Etcétera. Es realmente malo. Pésimo. Siete líneas. Palpó con los dedos, declara. Las bombillas son de cristal, descubre. "Mil pedazos". "Clavó los ojos". "Inyectados en sangre". Y estos poderes del muchacho que en una habitación a oscuras ve en los ojos de su padre hasta las venillas. La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito.
Buenos días.


Nota: El anacoluto es un defecto de estilo, por el que una frase queda mal construida. Por ejemplo, como decimos a veces, al hablar: "Yo me gusta el chocolate".

domingo, 30 de marzo de 2008

"Eduardo Mendoza, humor satiricón", por José María Pozuelo Yvancos

Con la publicación de la última novela de Mendoza, es fácil encontrar críticas y entrevistas. Por ejemplo, esta conversación con Savater en Babelia. Copio aquí una reseña del filólogo y crítico Pozuelo Yvancos, publicada en ABCD.

Pocas alianzas dan mejor resultado en literatura que el humor y la inteligencia, si es que no son contiguos. Pero ocurre que el humor, que estuvo ligado a la literatura clásica como un ingrediente fuerte de su escritura narrativa (pensemos en el Satiricón de Petronio o El buscón de Quevedo), poco a poco ha ido alejándose de la novela, para venir a refugiarse en otros géneros.

Si se repasa la producción novelística española de los últimos veinte años, pocas novelas memorables vienen a la cabeza que lo hayan tenido como ingrediente fundamental. Lo fue en el Luis Mateo Díez de La fuente de la edad, y lo está siendo en Mendoza, autor de su misma generación, puesto que son varias las novelas humorísticas que ha escrito, hasta configurar la cómica una veta fundamental de su imaginario, al menos desde la estupenda Sin noticias de Gurb (1991). Y cito ese antecedente porque en El asombroso viaje de Pomponio Flato vuelve Mendoza a la calidad mostrada en aquel libro, que otros intentos posteriores no habían alcanzado. De hecho, considero que esta última novela se contará entre las mejores de las suyas. Como la de Luis Mateo Díez, la de Mendoza arranca de la búsqueda de una fuente milagrosa.

En la época de Augusto. He citado el Satiricón de Petronio porque es la novela con la que más dialoga. Lo hace por un lado en su sátira de las costumbres. Aparece, por ejemplo, un trasunto de Trimalción, en la persona del rico Epulón, que comparte con el personaje de Petronio el haberse enriquecido con la especulación urbanística con tintes políticos (¡oh, tiempos, oh, costumbres de siempre!). También coinciden en la ambientación de época, puesto que ambas están situadas en el Imperio Romano, en la época fundacional de Augusto. La variación es que en la de Mendoza la acción transcurre en Nazaret y junto al protagonista, Pomponio Flato, un curioso patricio romano, filólogo y filósofo naturalista, aparecen los personajes de los Evangelios, cuyas historias son traídas a esta novela como fondo recreado en muchas de sus anécdotas.

Vemos a Herodes, al rico Epulón y al pobre Lázaro, que comía las migajas de su mesa; vemos a Barrabás antes de ser tal, cuando se llamaba Teo Balas; y a los escribas y fariseos. Y por supuesto, a María, José y el joven Jesús, quien cobra la dimensión de ayudante de Pomponio en la investigación del crimen del rico Epulón, del que ha resultado acusado José el Carpintero, su padre putativo.

Mitos fundadores. En tan breve resumen, se ve que el hilo conductor de la novela de Mendoza es una trama de novela criminal, puesto que se trata de una investigación llevada por tan singular pareja. De manera que la novela se comporta como un eficaz dispositivo de intriga, pero no agota en ello su interés, ni mucho menos. Lo más interesante de ella me ha parecido la manera de integrar la cultura en la trama. Como quien no quiere la cosa, esta novela es una parodia de los mitos fundadores de la cultura occidental, en una mezcla que va desde lo griego-romano a lo palestino-judío.

La parodia de Mendoza está llena de lugares que el lector conoce porque forman parte de su propia mitología. Solo que convocados de modo antiheroico. En el Belén que de niños montábamos, junto a la Sagrada Familia, los Reyes Magos, las lavanderas, aguadores o pastores, era inevitable también la figurilla del hombre cagando, que de modo no casual ubica Mendoza en la página 74 de su novela, tras haber hecho un tópico repaso de las otras consabidas.

La clave fundamental de la obra reside en una lectura inteligente, irónica y agnóstica sobre la construcción de los imaginarios míticos, que se ven aquí sometidos a un código de reducción enormemente sagaz, en el que predomina la ironía sobre la caricatura, si bien constituyendo ambos nutrientes parejos de la novela. Por cierto que, como Bajtin demostró, lo carnavalesco y la sátira menipea eran estirpes fundadoras de la tradición novelística europea. Mendoza los recupera con una mezcla de humor en el que conviven lo popular y sus hábitos carnavalescos con la parodia culta, ya que las referencias históricas (también las pseudo) y, sobre todo, literarias son una constante. Conviven mitos grecolatinos (Orfeo, Ulises, Alcetis) y dioses (el rubicundo Apolo, la Aurora de rosados dedos) con mitos contemporáneos, porque hasta Ben-Hur aparece, gran aficionado a la carreras de cuádrigas, y la fundamental mitología que ha configurado el imaginario cristiano.

Un singular belén. Encontramos guiños paródicos constantes en el lenguaje, lo mismo por el uso de los nombres, comenzando por el problema de incontinencia que persigue a Pomponio Flato, hasta en cien situaciones ridículas. Finalmente todos vienen a ocupar su lugar en este singular belén de Mendoza.

Junto a la risa, arrancada lo mismo del ingenioso juego verbal que de las anécdotas hilarantes (por ejemplo, Publio en el caldarium o la negociación con Lázaro), hay reflexiones estoicas sobre la vanidad de las aspiraciones, sobre los sueños y quimeras, o la ambición como nutriente de la conducta humana.

Como en los buenos cervantinos (Mendoza es el que mejor sigue a Cervantes en el instinto paródico), se hace aquí literatura sobre la literatura pseudohistórica actual y sus tramas concentradas en enigmas ocultos. Late en el fondo, como se ve en la reflexión final del protagonista, la pregunta sobre la manera en que la cultura se comporta como una sabia sucesión de mitos que se han ido montando sobre los anteriores, a la búsqueda del sentido, del elixir que proporcione esa desconocida inmortalidad frente a la que se enfrenta, inteligente, escéptica y sardónica, la sonrisa de Eduardo Mendoza.

sábado, 22 de marzo de 2008

Entrevista con Eduardo Mendoza

Dice Eduardo Mendoza:

Soy partidario de la sátira. Por razones extrañas el humor ha estado proscrito muchos años. Y es algo que no entiendo. La literatura siempre ha tenido un importante apoyo en el humor, lo tuvo en el Quijote, en la picaresca, en Diderot, en Voltaire. Luego en el XIX les dio por la literatura dramática. Pero el humor reaparece en el siglo XX con Kafka, Joyce, Bernhard. Y, con todo eso, aún queda el resabio de que el humor no es cosa de gran nivel. De modo que se abandona en manos del chiste chocarrero y de los humoristas profesionales. El humor más culto no se prodiga. Soy uno de sus pocos representantes.

Ver la entrevista completa

jueves, 20 de marzo de 2008

Dos guías de lectura sobre Eduardo Mendoza

Os dejo el enlace a dos guías de lectura sobre Eduardo Mendoza, preparadas por la biblioteca de Huelva: La aventura del tocador de señoras y El laberinto de las aceitunas.

lunes, 10 de marzo de 2008

Eduardo Mendoza




Eduardo Mendoza es un escritor polifacético: autor de novelas complejas, como La verdad sobre el caso Savolta, que en 1975 acertó a refrescar las técnicas narrativas de la literatura española; de novelas extensas y ambiciosas, como La ciudad de los prodigios, que recoge todo un periodo de la vida de Barcelona y ha sido la influencia más clara de libros superventas como La sombra del viento; de una obra de teatro, Restauración; y de muchos juegos literarios más o menos lúdicos, desde la brevísima y desternillante Sin noticias de Gurb a las bromas detectivescas y bastante escatológicas de El misterio de la cripta embrujada o El laberinto de las aceitunas, versión moderna de la tradición de la picaresca (Lazarillo de Tormes, el Buscón). Ha sido durante muchos años traductor de la ONU y también profesor universitario de Traducción.

En este enlace, o pulsando en la imagen, encontraréis la página oficial del autor.

Más adelante, es posible que leamos La ciudad de los prodigios. Para el que esto escribe, al menos, es una novela extraordinaria, amena y compleja.

sábado, 24 de noviembre de 2007

20 de diciembre, próxima reunión

La próxima reunión del Club será el 20 de diciembre, con Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa. Son fechas algo apretadas, que no dejan margen a eventuales retrasos, pero es un libro de ficción, de lectura relativamente rápida.

Ya en 2008, leeremos a Eduardo Mendoza, para un toque de humor; tendremos intriga con una novela policiaca; y luego pasión y exuberancia imaginativa al leer de nuevo a García Márquez (en este caso, al novelista).

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