lunes, 8 de octubre de 2007

Antonio Skármeta: El cartero de Neruda

Antonio Skármeta, el escritor chileno del que estamos leyendo Ardiente paciencia (más conocida con el título posterior de El cartero de Neruda) nació en Antofagasta, Chile, en 1940, en el seno de una familia de emigrantes dálmatas (de ahí su extraño apellido). Ardiente paciencia se desarrolla justamente en Chile, en la famosa Isla Negra en la que Neruda pasó muchos años (y de la que surgieron libros como Memorial de Isla Negra).

Skármeta es asimismo guionista y director cinematográfico; rodó una versión de Ardiente paciencia, con cierto eco en los festivales, bastante antes de que otro director grabara la película que tuvo más éxito de taquilla (y que, entre otras cosas, además de cambiar el título del libro, acabó fabricando las portadas internacionales casi en serie, con la reproducción de fotogramas). La estructura de capítulos cortos con escenarios muy visuales y representaciones muy cinematográficas (como la pelota del futbolín en la boca de Beatriz) podría ser herencia de esa especialidad profesional de Skármeta.

La página oficial del autor se halla enmarcada en el grupo de sitios de FNAC y la veréis pulsando este enlace.

Una de las características del libro es su erotismo desenfadado, algo exagerado de formas y con una expresión retóricamente cargada, integrado dentro del típico imaginario masculino y su concepto de la mujer (en este caso, la joven) de formas rotundas:

Los recién llegados ocuparon dos sillas frente al mesón, y vieron que lo atravesaba una muchacha de unos diecisiete años con un pelo castaño enrulado y deshecho por la brisa, unos ojos marrones tristes y seguros, rotundos como ciruelas, un cuello que se deslizaba hacia unos senos maliciosamente oprimidos por esa camiseta blanca con dos números menos de los precisos, dos pezones, aunque cubiertos, alborotadores, y una cintura de esas que se cogen para bailar tango hasta que la madrugada y el vino se agotan. Hubo un breve lapso, el necesario para que la chica dejase el mesón e ingresara al tablado de la sala, antes de que hiciera su epifanía aquella parte del cuerpo que sostenía los atributos. A saber, el sector básico de la cintura que se abría en un par de caderas mareadoras, sazonadas por una minifalda que era una llamada de atención sobre las piernas y que, tras deslizarse sobre las rodillas cobrizas, concluían como una lenta danza en un par de pies descalzos, agrestes y circulares, pues desde allí la piel reclamaba el retorno minucioso por cada segmento hasta alcanzar esos ojos cafés, que habían sabido pasar de la melancolía a la malicia en cuanto estuvieron sobre la mesa de los huéspedes.
--El rey del futbolito --dijo Beatriz González...

Ese erotismo se sazona con humor, por el contraste básico entre la figura rotunda de Beatriz, la delgada de Mario Jiménez y la experta, pero aun así vivaz, de Pablo Neruda; también por frases como la anterior, si recordamos que Mario se había quedado plantado en el futbolín sin acertar casi a decir palabra. Es una constante en el libro. Después de hablar con la temible "señora Rosa, viuda de González":

Acariciándose el lóbulo, Neruda hizo vagar su mirada hacia el cenit.
--Don Pablo, ¿qué le pasa?
--Nada, hombre, nada. Sólo que ahora sé lo que siente un boxeador cuando lo noquean al primer round.

Aparte de los pasajes más o menos eróticos, es un libro de retórica simple, con imágenes medidas, como "Neruda dobló los restos mortales del telegrama y los sepultó en el bolsillo trasero de su pantalón". Hay americanismos y chilenismos, pero la lectura es relativamente fácil; en muchas ocasiones, las figuras que encontramos son tan sencillas, pero eficaces, como la de aquel "televisor pagadero en incómodas cuotas mensuales".

Siempre con humor, incluye también algunas reflexiones literarias interesantes; por ejemplo, al respecto de la relación entre realidad y literatura (algo muy importante en el caso de Neruda, que tomó partido político con claridad):

--Usted tiene que ayudarme porque usted mismo escribió: "No me gusta la casa sin tejado, la ventana sin vidrios. No me gusta el día sin trabajo y la noche sin sueño. No me gusta el hombre sin mujer, ni la mujer sin hombre. Yo quiero que las vidas se integren encendiendo los besos hasta ahora apagados. Yo soy el buen poeta casamentero". ¡Supongo que ahora no me dirá que este poema es un cheque sin fondos!

El libro adquiere un tinte sombrío en sus últimas páginas, con un final abierto que debemos interpretar con ayuda de las pocas pistas dispersas por el libro y del título mismo, tomado de un discurso de Neruda, de carácter más bien optimista: "sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres". Pero en cuanto al destino de Mario --y quizá, el de los individuos frente al de la sociedad en su conjunto-- sabemos poco. Unos hombres ominosos se lo llevan diciéndole que "No tiene nada que temer" y "Después, puede volver a casa". Sin embargo, en el Prólogo se nos ha dicho:

Beatriz González, con quien almorcé varias veces durante sus visitas a los tribunales de Santiago, quiso que yo contara para ella la historia de Mario "no importa cuánto tardase ni cuánto inventara".

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